Óscar

Óscar

 Aquí está en las fotos mi amigo Óscar Ortega Atienza, Diego Óscar, como se llamaba, o se llama.

Muchas veces no sé qué hacer con mis muertos, quiero decir que no sé qué hacer con mis muertos cuando tengo muchas ganas de que no estén muertos, cuando tengo ganas de contarle cosas, de mirarlos a los ojos. Hay veces que no me sirve eso que algunas personas dicen que les hablan a las fotos o al espíritu, porque yo quiero escucharlos y olerlos. Quiero que me respondan con sus palabras, no con lo que me puedo imaginar que me dirían.

Con Óscar me pasa esto. Fuimos muy amigos en la infancia y la adolescencia, muy amigos. Luego nos distanciamos en el espacio y tanto él como yo pensábamos que en el tiempo iba a haber un momento en que nos íbamos a reír de todas esas cosas que habíamos hecho juntos como: disfrazarnos, bañarnos en las albercas y en las piscinas de patas,  bailar los trompos, contar películas, ir a coger cigarrones o tritones, ir a la escuela juntos, conseguir nuestras camisetas del Cola Cao o leer la revista Super Pop, que nos costaba mucho poder comprar. Y alegrarnos también, con lo que habíamos vivido separados. Pero el tiempo no rindió y lo crudo de esto es que sólo hay recuerdos, fotos, anécdotas, la memoria de la voz y del olor.

Es desconcertante cuando pensamos en que podemos recordar cómo eran los gestos o cómo eran los colores o las formas de la ropa de alguien que nunca más vas a ver. Siempre pienso que el recuerdo es un descompás de la mente, a la vez que tengo la certeza de que es el modo más veraz para poder confirmar que alguien ha vivido.

Nadie puede consolar el dolor silencioso en mi interior porque no pueda volver a hablar con Óscar, ni nadie puede evitar que me acuerde cuando en la esquina de la plaza me llamaba gitana cuanto me iba a casa y me volvía a mirarlo, ni nadie puede cambiar su letra en las cartas que me escribía sobre folios verde agua.

Puedo escalar montañas, caminar por todos los bosques y selvas, subir rascacielos y hasta mirar casa por casa, puerta por puerta, cruzar todas las autopistas, surcar los océanos, bajar a las cimas, pero la realidad es que no lo voy a encontrar.

La infancia es mi estado ideal y ahí sí, ahí si es en donde sé que puedo encontrar  a Óscar rodeándome y haciéndome bromas.

Tan intenso siempre!


Isabel Sánchez Heras



Comentarios

  1. Así es Isa, nuestros muertos siguen en nuestras vidas como si todavía vivieran. Lo malo es que nunca más los volveremos a ver y esa espina de vez en cuando se clava con saña y nos hace mucho daño pero hay que seguir sin ellos y seguir recordándolos como lo que fueron y lo que nos dieron.

    Un besote guapa.

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